Era un día húmedo y frío en la ciudad, invierno, ese plácido invierno que te resguarda con su coraza helada. Habíamos quedado donde siempre; 'donde siempre', sí, aquel lugar donde habían empezado esos calurosos días de verano, imborrables en mi mente desde entonces.
Tú ya me estabas esperando y yo cruzaba el bulevar, ansiaba verte, habían pasado tantos meses desde entonces, pesados e interminables meses. Entonces, te distinguí al final de la calle, notaba a mi corazón latir más fuerte, hacia demasiado tiempo que no sentía esa sensación; mis piernas echaron a correr mientras mi cabeza gritaba una y otra vez tu nombre.
Llegué hacia donde ti, buscaba tus brazos, esos brazos que tantas veces había utilizado para resguardarme del exterior e intentar parar el tiempo. Me relajaba tanto sentir que nunca me pasaría nada al estar entre ellos.